El cabronismo

Júpiter allá en sus tiempos
Dios del Olimpo sagrado,
tuvo celos de su esposa
y en su venganza fue extraño¹.
Concibió, pues, de sí mismo;
cómo ello fue, no es del caso:
lo que a nuestro cuento importa
es que quedó embarazado.
Tampoco sé cuántos meses
estuvo con su embarazo,
aunque varios aseguran
que fue cosa de en el acto.
Y cuando algunos creían
verle un barrigón tan alto,
descargó por el cerebro,
dejando a todos burlados,
una joven primorosa,
de todo el Olimpo pasmo;
y luego que la vio dijo:
«Al menos aquí no hay gato;
ésta es toda, toda mía,
y puedo muy bien jurarlo».
Tan augusto nacimiento
lo supo el pobre Vulcano
a quien la olimpiana corte
por sus males había dado
en matrimonio a la Diosa
de Citeres, Chipre y Pafos.
En un momento al pobrete
se le calientan los cascos
y quiere tener también
del mismo modo otro parto,
para poder algún día
decir aquí no hubo gato;
porque pensar que Cupido,
tan hermoso y tan gallardo,
y los bonitos Amores
que a Venus sirven de ornato,
fuesen hijos de un herrero,
era creer en engaños.
Al efecto armó en su casa
una zambra de diablos:
las penas, las aflicciones
su espíritu tenacearon,
y su cerebro los celos
rompieron a martillazos.
A su amable compañera
echó en cara sus encantos,
y la culpó de que todos
la andarán siempre buscando.
En fin, nuestro pobre Dios
se afanó y trabajó tanto,
que el horrible cabronismo
por el cerebro echó al cabo.
Éste es el Dios que en París
se mira tan adorado,
maléfico ciertamente,
benéfico en muchos casos,
de los maridos la plaga
y el socorro en lances varios.
Desde el punto en que nació,
contra su padre el bellaco
ensayó toda su fuerza,
y, aunque con novicia mano,
le imprimió sobre la frente
de mancha eterna los rasgos;
es decir, que a su señor
lo hizo el mayor cabronazo.
Apenas le salió el bozo,
de Himeneo fue adversario,
y guerra a muerte sin fin
le declaró. Sin descanso
le ataca en todos lugares
de mil modos disfrazado,
y siempre con buen suceso.
Unas veces con descaro
a su vista se apodera
de sus bienes más sagrados,
y con atroz impudencia
va las casas registrando
por todos sus interiores.
Otras, cual feroz tirano,
el fuego y sangre esparciendo
por do quiera que da un paso,
al horroroso esplendor
de maderos inflamados,
hace alarde de sus robos.
Otras, en fin, a lo santo,
el rostro con inocencia
e hipocresía enmascarado,
se introduce con silencio
en el quieto santuario
del tranquilo y buen esposo
y allí su golpe da a salvo.
Los Celos con su semblante
pálido y amoratado,
y la malvada Malicia
con ojo pérfido y falso,
adonde Amor lo conduce
ellos dirigen sus pasos;
y la Voluptuosidad
lo sigue con pies muy tardos.
En su carcaj lleva tiros
de toda especie y tamaño:
flechas para las crueles,
cuernos para los casados.
Ahora bien, aqueste Dios,
benevolente o malvado,
merece que se le canten
los oficios y los salmos;
siendo por necesidad,
o precaución, deber santo
que culto y adoración
sin murmurar le rindamos,
porque bien sea uno soltero,
o por desgracia casado,
o bien que uno sea el que pegue,
o al que le peguen el chasco
del Cabronismo, por siempre
el favor es necesario.
¡Oh, tú, Iris bella y hermosa!,
antes de que por contrato
perdieses tu libertad,
e Himeneo fuese tu amo,
jamás invoqué en mi ardor
más que al Amor soberano:
pero ya que de un esposo
al cruel dominio has pasado,
sólo invoco al Cabronismo
y de él mi venganza aguardo,
pues es el único Dios
en quien mi fe he colocado.

“Cuentos completos en prosa y verso” por Voltaire.